Por: Matthew P. Akers
En: Saint Austin Review dic-09
Traducción: Alfonso Díaz Vera

La adaptación cinematográfica de “El señor de los anillos”, dirigida por Peter Jackson, ha incrementado la popularidad del clásico de Tolkien entre los espectadores y lectores del siglo XXI, convirtiendo a Tolkien y su libro en nombres familiares. Aunque mucho menos conocido, el distributismo, el sistema económico y filosófico derivado de las encíclicas papales y desarrollado por G.K. Chesterton e Hilarie Belloc a comienzos del siglo pasado, está también adquiriendo un renovado interés. La editorial IHS Press, que publica obras distributistas clásicas y modernas, abrió sus puertas en 2001; en numerosos blogs y páginas de Internet se discute sobre el distributismo y sus aplicaciones actuales; y libros recientes como “Crunchy Cons” de Rod Dreher han presentado los principios distributistas a los lectores modernos.[1] No resulta sorprendente que “El señor de los anillos” y el distributismo ganen audiencia actualmente, pues ambos lidian con problemas comunes del mundo moderno. De hecho, Tolkien incluye soluciones distributistas para problemas asociados con el desarrollo económico en su trilogía.[2] La Comarca, el hogar de los hobbits, afronta muchos de los problemas de nuestra sociedad moderna, en particular una crisis económica, la destrucción de su medio ambiente, y la tentación del imperialismo. Examinemos pues cómo los hobbits de La Comarca aplican los principios distributistas a esos problemas para ver cómo podríamos tratar esos mismos problemas en nuestra sociedad.

En el mundo actual, estamos acostumbrados a una economía industrial altamente centralizada integrada en el comercio internacional y controlada conjuntamente por dos poderes: el “gran gobierno” y la “gran empresa”. En contraste, la economía distributista de La Comarca conforma un sistema difuso basado en pequeños granjeros, pequeños negocios y comercio local. Distributistas como Belloc y Chesterton han argumentado que la economía industrial moderna promueve la codicia, el materialismo y una actitud servil entre la población y ahuyenta la libertad, la propiedad privada ampliamente distribuida y el cristianismo tradicional. Los distributistas trataron de encontrar la manera de revitalizar aspectos del sistema económico medieval, como la economía agrícola basada en campesinos-pequeños propietarios, frente a un moderno sistema económico que pensaban que estaba destruyendo la cultura tradicional y la humanidad de las personas.[3]

La Comarca encarna la visión económica del distributismo. Se trata de una comunidad compuesta por granjeros, artesanos y pequeños comerciantes, y su economía se basa en el agrarismo. Muchos hobbits, incluidos Sam, Hamfast Gamyi, Tolman Coto y el granjero Maggot, son agricultores o jardineros. Las únicas actividades comerciales en las que La Comarca se embarca están basadas en productos agrícolas como las famosas pipas de La Comarca, puesto que los hobbits sólo comercian con el exterior cuando han cubierto sus propias necesidades. La única gran “industria” mencionada en el libro es el viejo molino, que a duras penas puede ser considerado como tal pues lo lleva un hobbit de la localidad que lo heredó de su padre. El molino es usado para satisfacer las necesidades de la población local, no para el comercio a gran escala. Además el molino se usa para moler maíz, la base de la producción agrícola de La Comarca.

Los dos grandes poderes que controlan la economía industrial moderna, el gran gobierno y la gran empresa, están ausentes en La Comarca. Cualquier forma de grandeza resulta extraña para la economía de La Comarca, que es local, agrícola y tamaño hobbit en todos los sentidos.

Después de que Sam, Frodo, Pippin y Merry la abandonaran en pos de su aventura para destruir el anillo, la economía de La Comarca cambia dramáticamente. Cuando los cuatro hobbits regresan de su aventura, el gran gobierno y la gran empresa han invadido la economía anteriormente de tamaño hobbit, industrializándola. Un gran cuerpo burocrático formado por forasteros controla ahora la economía de La Comarca, y su producción se ha expandido mucho más allá de lo que se necesita para satisfacer las necesidades de su población. Granujo y Zarquino, los dos bien llamados villanos que dirigen este ataque contra los hobbits, compran la mayor parte de La Comarca, concentrando la tierra y los recursos en manos de unos pocos, lo cual resulta antagónico con el principio distributista de la necesidad de una amplia distribución de la propiedad privada. El destino del molino de la familia Arenas habla por sí sólo sobre la destrucción de la economía de La Comarca. Los nuevos propietarios derribaron el viejo molino tamaño hobbit y construyeron un nuevo molino industrial, compuesto de ruedas y artilugios y que funciona con fuego en vez de con agua. En lugar de moler trigo, el nuevo molino fabrica hierro, sobre todo para producir armas para la guerra. El efecto sobre La Comarca es profundo: donde antes se producía vida a partir de la agricultura, ahora se produce muerte a partir de la industria. El poco trabajo agrícola que queda en La Comarca se basa en un sistema mecanizado y en el libre comercio con las comunidades de los alrededores. La antigua economía autosuficiente localmente focalizada y que proveía lo que era necesario para mantener a sus propios ciudadanos se convierte en un “mercado global” que busca consumidores fuera de sus fronteras dejando a los de dentro hambrientos.

Cuando los cuatro hobbits aventureros regresan a La Comarca y descubren lo que Zarquino ha hecho, lideran la cruzada para restituir su economía de base rural. Aunque llevará años para los hobbits deshacer los efectos de la industrialización, ellos emprenden la tarea de restituir la economía distributista en lugar de la moderna economía industrial implantada por Zarquino. Ellos destruyen el nuevo molino y repueblan la tierra de granjas y bosques. La propiedad privada es devuelta a sus propietarios originales, y los hobbits que habían sido empleados en el molino-fábrica retornan a sus campos y pequeños talleres. La redimida Comarca da esperanza sobre las posibilidades de restauración de una economía distributista y muestra cómo esta es preferible a una economía industrial moderna.

Hasta el momento tan sólo hemos insinuado otro de los conflictos entre industrialismo y distributismo, como es el impacto ambiental de ambos sistemas. A los distributistas no les gusta la destrucción medioambiental causada por el industrialismo. De hecho, su ecologismo es una de las razones por las que tanto Tolkien como el distributismo reciben tanta atención desde muchos círculos. Mientras que tanto Tolkien como los distributistas eran “verdes antes de que nadie soñara con esa etiqueta” (Cooney 12), su identificación con el secularizado movimiento ecologista actual necesita ser clarificada. Tolkien y los distributistas no eran verdes como resultado de ninguna ideología política de izquierdas o porque rindiesen culto divino a la madre tierra; ellos más bien consideraban el respeto por la tierra y el amor a la naturaleza como componentes esenciales de su tradicional y conservadora creencia en la familia, en las artes y, sobre todo, en el cristianismo. Ellos pensaban que la moderna industrialización y su desprecio por la naturaleza atacaban los cimientos básicos de las comunidades tradicionales, que estaban basadas en la agricultura y en una relación cercana con la naturaleza. Este ecologismo conservador ha sido sostenido, además de por los distributistas británicos, por algunos pensadores conservadores del siglo XX como: T.S. Eliot, Russell Kirk, los autores de “I’ll Take My Stand”, y Wendell Berry por mencionar sólo algunos.[4] Ellos identificaban la economía industrial y la cultura que producía con progresismo negativo e izquierdismo. De este modo, una sociedad agraria que está cercana a la naturaleza y experimenta sus flujos y reflujos tiene un respecto mucho mayor por el medio ambiente que una sociedad industrial, que enfatiza su independencia y superioridad sobre la naturaleza.

Al principio, La Comarca era un paraíso bucólico. Tanto la descripción de Tolkien como la representación de Peter Jackson resaltan su belleza rural. Algunos hobbits, incluidos Sam y su padre, Hamfast Gamyi, viven muy próximos a la tierra, tanto si son granjeros como jardineros. Incluso aquellas actividades que no son estrictamente agrícolas son respetuosas con el medio ambiente y trabajan en concierto con la naturaleza. El molino de la familia Arenas, por ejemplo, funciona con agua.

Una vez que Frodo, Sam, Pippin y Merry comienzan su aventura, sin embargo, empiezan a descubrir tierras afectadas por la industrialización: tanto Isengard como Mordor representan tierras desagarradas por la guerra y páramos baldíos por la industria. De hecho, Tolkien a menudo emplea la destructividad ambiental de la guerra para ilustrar el coste ecológico de la industrialización. En Isengard, Saruman ha destruido los bosques circundantes para alimentar el fuego de su industria de producción de armas. La espada de Sauron y la destrucción ambiental han diezmado Mordor tan rápido que debe importar agua y comida para sus tropas. En ambos lugares, guerra e industrialización son uña y carne. A lo largo de toda la trilogía, Tolkien identifica industria con guerra, y agricultura con paz.

La más desoladora imagen de destrucción ambiental es la que los hobbits encuentran a su regreso a La Comarca. Desgraciadamente, Peter Jackson deja la destrucción y reconstrucción de La Comarca fuera de su adaptación cinematográfica, con lo que la gente que tan sólo ha visto la película se pierde el mensaje de esta escena tan importante. En ausencia de los hobbits, La Comarca se ha convertido en un pequeño Isengard o Mordor. La escena hace llorar a Frodo que proclama: “¡Esto es Mordor!”.[5] El bosque ha sido arrasado para proveer a Zarquino y sus secuaces de combustible para alimentar el fuego del molino industrial, que contamina el agua, el aire y la tierra. Tolman Coto describe las acciones de los señores de la industria como “arrancar, quemar y destruir”.[6] El campo de La Comarca ha sido devastado, y Zarquino comenta alegremente a los hobbits que llevará años reparar la destrucción causada. El paraíso bucólico se ha convertido en un infierno industrial.

Esta destrucción medioambiental ha arrasado también la cultura nativa de los hobbits. Han pasado de ser granjeros libres a convertirse en siervos de la industria. Ahora los hobbits dependen del trabajo industrial que realizan en el nuevo molino para su supervivencia, en lugar de disfrutar de los frutos de sus labores agrarias. Ellos también se ponen de rodillas cuando el gran gobierno que ha tomado el control de La Comarca, y por tanto también del molino, el medio de vida de los hobbits. Una vez que los hobbits son arrancados de la naturaleza, son arrancados de su esencia: ya no son libres y alegres. En cambio, se han convertido en esclavos industriales, que trabajan tanto para sus amos del molino como para sus amos burocratizados del gobierno. Ted Arenas, el antiguo propietario del molino, ahora trabaja allí como limpiador de la rueda—un trabajo manual—para los nuevos propietarios.[7] Cuando la dependencia de la naturaleza de los hobbits es destruida, su autosuficiencia viene después. Los hobbits y su comunidad están perdidos cuando su tierra es abandonada.

Tras el regreso de los hobbits aventureros, Sam emprende una restitución agraria y medioambiental de La Comarca, usando la tierra mágica que Lady Galadriel le dio para replantar árboles que fueron destruidos por la industrialización y revitalizar jardines y huertos abandonados. La Comarca se recupera rápidamente, y el siguiente año produce la mayor cosecha de su historia. Esto proporciona la esperanza de que hasta la mayor destrucción medioambiental puede ser revertida, y que la tierra, tratada adecuadamente, puede ser persuadida para producir belleza y vida una vez más.

El tercer problema que afronta La Comarca y nuestra propia sociedad, el imperialismo, está muy ligado al industrialismo. Tolkien y muchos otros distributistas conectan el industrialismo con el imperialismo, argumentando que el primero fomenta éste último. Los efectos de ambos son a menudo similares: destrucción del hombre, destrucción del medioambiente y destrucción de la cultura. Tolkien y los distributistas no eran pacifistas, pero se oponían al imperialismo. Los distributistas aplaudían la defensa armada de la patria y el hogar–como Tolkien hace en “El Señor de los Anillos”–pero desaprobaban las aventuras imperialistas, y Chesterton especialmente simpatizaba con aquellos que defendían sus hogares contra el invasor, al tiempo que criticaba las guerras de los “imperios industriales modernos”.[8] Por ejemplo, Chesterton escribió una novela distributista, El Napoleón de Notting Hill, en la que Adam Wayne, el héroe, organiza un ejército de paisanos para defender su distrito natal de Notting Hill frente a otros barrios vecinos de Londres que intentan confiscar una parte de Notting Hill para hacer pasar una autopista a través de ella. Wayne y sus compañeros defensores de Notting Hill vencen, demostrando que defender tu propia casa o pueblo contra la invasión o la agresión es una virtud distributista. Hacia el final de la novela, sin embargo, la gente de Notting Hill, abrumada por la atracción del imperialismo, es destruida por él cuando intentan conquistar tierras vecinas y son derrotados.[9]

La trilogía de Tolkien nos enseña una lección similar sobre el imperialismo. Sauron, el malvado señor oscuro, es un imperialista que intenta controlar toda la Tierra Media y someterla a su voluntad mediante el poder del anillo único. Obviamente, las intenciones de Sauron son maléficas, por lo que es fácil condenar sus actos, pero ¿qué pasa si las tendencias imperialistas se encarnan en valores aparentemente buenos?

Tolkien nos da una respuesta en la escena en la que Sam siente la tentación de utilizar el anillo para dirigir una revolución campesina armada contra Mordor. Como Sauron, Sam desea utilizar el anillo, pero, a diferencia de éste, Sam desea hacerlo en favor de la libertad. Él tiene una visión en la que se ve a sí mismo empuñando una espada y usando el anillo para dirigir un ejército contra Mordor para conquistarlo y transformar el erial industrial en un jardín gigante. Aunque la visión resulta bastante atractiva para Sam, el se da cuenta finalmente de que “todo lo que un jardinero libre necesita es un pequeño jardín, no uno engrandecido hasta convertirse en un reino; y trabajarlo utilizando sus propias manos, no mandando sobre las manos de otros”.[10] Sam reconoce que él no puede hacer realidad su visión agraria mediante el imperialismo, y rechaza esta tentación imperialista y militarista.

Al final, Sam completa su restitución agraria, pero no en territorio extranjero y mediante la fuerza del anillo; en lugar de eso, él consigue su objetivo en casa, donde los hobbits entienden el distributismo y desean una restitución agraria. El punto de vista de Sam sobre el imperialismo es similar al de Chesterton, para quien “el nacionalismo es simplemente incompatible con el imperialismo”.[11] Tanto Sam como Chesterton aman su tierra natal demasiado como para arriesgarse a arruinarla intentando llevar sus valores por la fuerza a otras tierras que no están preparadas para ello.

La sociedad moderna tiene mucho que aprender del distributismo y de La Comarca. Los críticos del distributismo dicen a menudo que es poco realista, una especie de nostalgia medieval romántica para carcamales o jóvenes idealistas que rechazan la modernidad. Asimismo, La Comarca de Tolkien es rechazada como una mera fantasía que no tiene nada que enseñarnos hoy en día. Hay que reconocer que una implementación del distributismo y los valores de La Comarca a gran escala en nuestra sociedad parece poco probable, pero los distributistas piensan en lo pequeño más que en lo grande, y creen que las semillas de las ideas necesitan ser plantadas a nivel local antes de que puedan dar su fruto para el conjunto de la comunidad. Aceptar algunos de los principios económicos de La Comarca en nuestras propias familias – tales como plantar un jardín, comprar bienes locales y apoyar a los pequeños negocios–supondrá una gran diferencia para nuestras comunidades. Rechazar el materialismo de la economía industrial moderna beneficiará a nuestras carteras, nuestras almas y nuestro medioambiente. Un rechazo del imperialismo y de la idea de que no podemos rehacer el mundo a nuestra imagen debería llevarnos a concentrarnos en solucionar nuestros propios problemas, como la crisis económica y destrucción medioambiental, aquí en casa. Podemos trabajar para restaurar nuestra república mejor que para exportar nuestro imperio. Aquellos de nosotros que estamos de acuerdo con estos cambios debemos, como Sam, resistir la tentación de imponerlos por la fuerza; en su lugar debemos intentar cambiar los corazones de la gente, que es por donde una restitución distributista–como la que tuvo lugar en La Comarca – debe comenzar.

1 Blog distributista: http://distributism.blogspot.com; IHS Press: http://www.ihspress.com. Referencia también en Anthony Cooney, “I Fear No Peevish Master”, Beyond Capitalism and Socialism (Norfolk, Virginia; IHS Press, 2008), pags. 9-20.

2 Joseph Pearce y Charles A. Coulombe discuten sobre el distributismo en El Señor de los Anillos (Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth (San Francisco: Ignatius, 1998), pp. 159-163.

3 En “Distributism: A Manifesto”, Arthur Penty, arquitecto y escritor distributista, declara que la maquinaria moderna y la industria “han deshumanizado y desespiritualizado a los trabajadores industriales”. Arthur Penty, “Distributism: A Manifesto”, Distributist Perspectives, Vol. 1. Ed. J. Forest Sharpe (Norfolk, Virginia: IHS Press, 2004) p. 90.

4 Para una gran introducción sobre el distributismo ver la Introducción de John Sharpe a “Beyond Capitalism and Socialism: A New Statement of an Old Ideal, (Norfolk, Virginia: IHS Press, 2008), particularmente las páginas xxxii-xxxviii. Sharpe también examina la relación entre el consevadurismo moderno y el distributismo, notando que la vieja crítica conservadora del industrialismo ha desaparecido de la mayoría de consevadurismos modernos, los cuales, de hecho, aprueban el industrialismo y el “libre mercado”.

5 J.R.R. Tolkien, The Return of the King (Boston: Houghton Mifflin, 1993), p. 297.

6 Ibid., p. 292.

7 Ibid., p. 292.

8 G.K. Chesterton, Saint Francis of Assisi (San Francisco: Ignatius Press, 2002), p. 221.

9 Chesterton, The Napoleon of Notting Hill (New York: Paulist Press, 1978). En su biografía Tolkien: Hombre y Mito, Pearce resume lo que Tolkien debe a Chesterton y el distributismo (pp. 160-181).

10 Tolkien, The Return of the King, p. 177.

11 Jay P. Corrin, G. K. Chesterton and Hilaire Belloc (Athens: Ohio UP, 1981), p. 2.

 

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