Si algo define y ha definido siempre el sistema económico de los países occidentales, conocido ambiguamente como capitalismo, es su tendencia a la concentración de la actividad económica mediante la adquisición de posiciones dominantes en el mercado por parte de las empresas más competitivas. Este “darwinismo económico”, en el que la empresa eficiente se come a la ineficiente, se nos presenta de manera ya consolidada en los grandes sectores industriales tradicionales y se pone de manifiesto cada vez que surge un nuevo mercado o producto, como podemos contemplar para nuestro asombro y desdicha en sectores teóricamente tan abiertos como las tecnologías de la información y comunicación.

En este sentido, se puede afirmar que el libre mercado es una utopía, o cuanto menos una situación meramente temporal, pues la libre competencia generará el aumento de tamaño de unos pocos que usarán su posición dominante para expulsar al resto, llegando al oligopolio e incluso al monopolio, lo cual supondrá, por las barreras a la entrada de nuevos competidores, el fin del libre mercado. Por supuesto esto no es más que una simplista descripción de las consecuencias teóricas de un comportamiento económicamente lógico, como lo son todos los modelos y teorías económicas actuales. La realidad no es tan sencilla ni tampoco tan negativa, por mucho que a veces se empeñe en parecerlo. El sol vuelve a salir con la misma facilidad y naturalidad con la que la oscuridad se impuso previamente a la luz.

Un ejemplo de este resurgimiento del mercado libre y abierto lo tenemos en el magnífico libro “Lo pequeño sigue siendo hermoso” escrito por Joseph Pearce en tributo al clásico “Lo pequeño es hermoso” de E.F. Schumacher. El libro de Pearce insiste en la importancia de un tamaño adecuado para la tecnología y para la empresa, y pone como ejemplo las fábricas de cerveza del Reino Unido. A principios de los años 70, un proceso de fusiones redujo el número de empresas del sector a tan sólo 7 grandes, cuya competencia vía precios les había llevado a una fabricación masiva, estandarizada y de peor calidad. La clásica cerveza ale prácticamente había desaparecido del mercado. Un movimiento asociativo de consumidores reclamando la cerveza tradicional británica supuso, no sólo la aparición de multitud de pequeños fabricantes dispuesto a hacer ale al estilo clásico, sino que los grandes productores readaptaran también sus procedimientos para dar mayor diversidad y calidad a sus clientes. La aparición de gran número de pequeñas marcas aportó al consumidor mayores posibilidades de elección y revivió un sector que prácticamente había sucumbido al imperio de las economías de escala y la estandarización. La principal enseñanza es que el poder del mercado sigue siendo de los consumidores si éstos saben ejercerlo de manera decidida e inconformista.

Actualmente, si bien la tendencia a la concentración persiste, pues se trata de un comportamiento natural, están surgiendo muchas oportunidades para el cambio. Las tecnologías de la información no son una amenaza sino una oportunidad para que los pequeños negocios sean conocidos y puedan tener a su vez información y contactos vitales para su actividad. Internet pone a nuestro alcance los conocimientos y la posibilidad de adquirir los medios necesarios para comenzar, por ejemplo, a fabricar nuestra propia cerveza artesanal, un hobby que se ha puesto de moda y que en España ha dado lugar ya a la apertura de decenas de pequeños negocios de emprendedores entusiastas que han puesto en el mercado gran número de nuevas “marcas” que compiten, a muy pequeña escala, en un mercado tan oligopolizado o más que el británico en los años 80-90.

Tras esos negocios, y en general tras la mayoría de pequeños proyectos, no se encuentran concienzudos cálculos sobre posibles rendimientos del capital invertido, sino tan sólo la ilusión por desarrollar tu hobby hasta el punto de poder llevarlo al “mercado”, aunque sea en una medida infinitesimal y con un producto artesanal, y poder mostrar a otros el fruto de tu creatividad, compartiendo con ellos tu ilusión. Muchas veces estos negocios ni siquiera tienen tamaño suficiente para que una familia se gane la vida, y son compatibilizados con otras actividades laborales. Pero no estamos hablando aquí de satisfacciones ni rendimientos materiales, sino de recompensas fundamentalmente emocionales. Porque no somos “homo oeconomicus” ni robots que maximicen fríamente sus rendimientos, por más que a menudo queramos comportarnos así, ni tampoco ese comportamiento nos lleva a la felicidad ni al disfrute de la vida. Somos “homo viator”, somos mortales y estamos en este mundo tan sólo de paso. La maximización obsesiva de nuestros beneficios, tan racional como nos parece, resulta ridícula ante la perspectiva de nuestro inevitable final, esa muerte que llegará para todos por igual. El consumo de productos y el disfrute de placeres meramente materiales no nos pueden proporcionar una satisfacción tan plena como las cuestiones del orden emocional. La idea de un nuevo proyecto, la posibilidad de aplicar nuestra creatividad y nuestra inteligencia en algo que perdure y que otros puedan disfrutar incluso cuando ya no estemos, y en general la visión del trabajo como actividad creativa y cooperativa que nos proporcione satisfacción y no sufrimiento, están detrás de la mayoría de proyectos empresariales nuevos. Se podría decir que el trabajo así entendido es capaz de ofrecernos una satisfacción muy superior a la que obtenemos con el mero consumo de bienes materiales. Esa es la esencia del pequeño negocio de tamaño familiar, totalmente opuesta a la mentalidad económica moderna, basada en el consumo compulsivo de bienes que es necesario alimentar con dinero que sólo podemos obtener mediante el trabajo, que por lo general es percibido como un mal.

¿Qué podemos hacer para una economía más humana y distributista? Como consumidores, apoyar el pequeño comercio, el producto de calidad no estandarizado, y sobre todo aquellos productos tras los que se puede intuir que hay un trabajo bien hecho y un disfrute y una ilusión por lo que se hace. Evitemos ante todo aquellos productos tras los que puede haber trabajadores explotados o contratados en condiciones precarias, como la mayoría de los que provienen de China o de compañías conocidas por prácticas laborales deplorables. La satisfacción en el trabajo y la satisfacción en el consumo han de estar relacionadas para que el conjunto del trato sea justo y equitativo. Consideremos, además del precio y la calidad, la satisfacción mutua que hay entre todas las partes que componen ese trato: consumidor, fabricante y vendedor. Igual que nos gusta que el vendedor sea amable con nosotros y no trate de engañarnos, debemos buscar que el fabricante sea igual con sus empleados. Como consumidores el poder está en nuestras manos. Apoyemos decididamente al pequeño negocio.

 

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